y perdí, una vez más.

Hay cosas inevitables, como llorar en un concierto cuando ponen tu canción. Así es como Si te vas sonó justo antes que La vereda de la puerta de atrás. ¿Casualidad? Quién sabe. Yo he dejado de buscar razones.
Última prueba. Superada. ¿Y ahora qué?
Cuando empezaron a tocar los primeros acordes de Dulce introducción al caos, me crucé con sus ojos amarillos. Con su sonrisa, sus mejillas y sus manos. Fui valiente (aunque no del todo). Pero qué estúpida me sentí. Lo vi claro. Había apostado mal. Y antes de que pudiesen darse cuenta los demás, me fui. Volví a la multitud para perder mi individualidad y ser una más.
En medio de toda esa gente aglomerada fui capaz de ver nada. Para mis ojos no había nada. Hasta que me crucé con esos ojos amarillos. Sí. ¿No he hablado nunca de mi pequeño de ojos amarillos verdad? Pero ¿qué quieres que te diga cuando me vienes a ver? Hola ¿qué tal? muy bien, me voy tengo cosas que hacer.
Me arriesgo y me siento estúpida. Pierdo otra vez.
Para el tercer movimiento, ya me había vuelto gusano y estaba en el origen.
Así es como vuelvo a ti. Siempre.
Entre acorde y acorde, emerges. En mi mente, claro. Si te vas y yo que me he quedado en esta calle sin salida. La vereda de la puerta de atrás y tú que me viste marchar. Contradicciones reales, lágrimas de verdad. Ausencias palpables y soledad rodeada de gente.
Entonces, me doy cuenta a medida que van sonando las canciones, que he usado muchas de esas frases para ti. Y es inevitable recordar(te). Me pregunto si tú te acordarás de mí.
¿Sabes? No he parado de buscarte. Mi mirada inquieta posándose sobre cada una de las personas que había a mi alrededor con la esperanza de encontrarse con una barba de tres días o con las tres pecas debajo de la oreja izquierda.
No dejé de buscar el calor de unos brazos conocidos que sirvieran de capullo y me transformaran en mariposa otra vez. Pero para entonces lo único que quería era subir a lo más alto de la locura en unos hombros concretos. Y no estaban conmigo.
No me duele y no me importa. Pero echar de menos es otra cosa.

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