Con eme de Mariposa

Se hacía llamar Eme.
No quería que el hálito putrefacto que salía de las bocazas de esos borrachos ensuciara su nombre.
Era la desconocida que salía cuando se ponía el sol, la que todo el mundo conocía por sus trabajos entre azulejos manchados y retretes asquerosos. Sí, trabajaba de luna a luna, se llenaba la boca de vida inerte por diez euros y así conseguía mantener un día más la suya.
Los borrachos del bar hacían cola en la puerta del lavabo no para, sino por ella.
Eran muchos los que en momentos de lucidez discursiva daban con grandes greguerías sin mucho acierto y golpeaban la barra con las jarras riendo como idiotas. Entre ellos un gordo seboso con cara de simio al que habían apodado Hercules, que no Hércules, como premio al derrotar siempre a todos sus oponentes en el concurso de beber más litros de cerveza en cincos minutos que se celebraba en el bar cada martes.
Eme siempre aparecía pasadas las once, cuando el frío empezaba a apretar y después de haber probado suerte en las calles, justo cuando el concurso llegaba a su fin, cuando Hercules se había convertido en un baboso y la única neurona viva dentro de su cabeza bailaba la jota mientras él se dedicaba a increpar a los otros borrachos del bar.
Entonces entraba ella y contaminaba el bar de miradas lascivas con olor de azucena. Sonreía al camarero, que nunca había tenido huevos de acercarse al lavabo para echarla, incluso sabiendo lo que hacía y los problemas que podía traerle. Corría el rumor de que el camarero estaba enamorado de Eme, que era un pobre hombre triste y que escribía poemas en sus ratos más amargos.
Ese martes fue distinto, pasaban las once, y las doce… y Eme todavía no había llegado. Se podía notar en la cara del camarero cierta preocupación. Muchos de sus clientes asiduos se habían largado ya, porque aunque pareciera un bar de borrachos perdedores, todos, sin excepción alguna, tenían una familia y una reputación que mantener. El bar se quedó vacío, solo Hercules seguía ahí, con la camisa manchada de ginebra, esperando su mamada de buenas noches.

Pero esa noche, Eme no se presentó. Ni la siguiente. Ni la siguiente de la siguiente…

El camarero ya no estaba triste, ni siquiera se le veía por los rincones escribiendo versos amargos. Había perdido clientela con la ausencia de Eme, pero no le importaba. No le importaba porque ya no era un cobarde.

Al cerrar el bar, abría la puerta del almacén y, tirada en un colchón entre las cajas de zumos, con la boca tapada por un esparadrapo y las manos atadas detrás de la espalda, yacía Eme. La había secuestrado, sí, pero lo hacía por su bien. Eme era Magia, no podía dejar que esos miserables se aprovecharan de su mala suerte. Eme era la razón de su quebranto, por eso la necesitaba. Eme era la inspiración de sus poemas, su Musa. Pero algo estaba haciendo mal porque Eme había dejado de brillar, ya no flotaba por el aire su olor de azucena.

Hercules, en esa cabeza vacía tenía fe, y por eso seguía yendo al bar, a esperar que Eme volviera. Se enzarzaba en más discusiones y peleas que de costumbre desde que Eme no acudía al local y un día le tocó al alegre camarero.

El camarero que no dormía porque se pasaba las noches sentado frente a Eme, observándola y adorándola, sin poder escribir ni un triste verso, estaba cansado. Así que cuando el tarugo de Hercules exasperado levantó el taburete, le pilló desprevenido y le dio con él en la cabeza. Cayó inmediatamente al suelo, inconsciente.

Unas horas más tarde, antes del amanecer, volvió en sí y vio la puerta del almacén abierta. Se temió lo peor, Eme había escapado. Tenía poco tiempo para actuar antes de que llegara la policía, el idiota de Hercules lo había mandado todo a la mierda. Su plan de eternizar a Eme había fracasado. Salió del bar a trompicones, cargado con los poemas y se tiró del puente más cercano.

Y con él, también se acabó olvidando a Eme. Nadie supo nada más de ella, pero cuentan que se convirtió en Mariposa –que siempre lo había sido- que salió volando y la vieron libre flotar entre azucenas.

Nadie volvió a saber nada de Hercules. Dicen que huyó asustado al ver a Eme en el almacén metamorfoseándose.

esto acaba de empezar.

Mi niña interior se ha puesto a llorar. Dice que no puede más. Que le duele mucho, mucho, mucho la piel. Que la primavera le está agrietando el caparazón y hace que le salgan brotes de amapolas en las heridas.

Se ha sentado en medio de la plaza gris. Es que desde que llueve todo está gris (el cielo está gris, el edificio está gris, el asfalto está gris...).
Pero no es lo mismo estar que ser.
(El cielo es azul cuando brilla el sol, 
el edificio es amarillo opaco cuando el cielo es azul y brilla el sol, 
el asfalto es negro cuando el edifico es amarillo opaco y el cielo es azul y brilla el sol...)

Se ha sentado en medio de la plaza de adoquines grises y ha cruzado los brazos. Así, sin paraguas. Se está poniendo perdida de barro. Y esta vez no va a ceder. Es su postura límite. De cuando una situación se vuelve insostenible.
Dice, también, que está cansada, que está hastiada de mí. Que estoy demasiado triste para ser tan feliz. Y que es un ultraje.

La miro desde la ventana de mis ojos y la lluvia rebota en mi mejilla. Sigue ahí sentada, inmóvil. Y a cada gota, un brote nuevo. Y a cada brote, un capullo. Dice que de esos han pasado muchos por mi vida, pero que en realidad no hay tantos.
No sé, de desencuentros está llena la primavera.

Tiene el tirabuzón pegado a la cara, está empapada. Respira con dificultad, se le están abriendo las costillas. Dice que deje de leerla en silencio y de lejos. Y que no me vaya por la puerta de atrás, que la valentía nunca me quedó grande.

Le he abotonado la chaqueta y la he abrazado muy, muy, muy fuerte. Suspira y dice que no quiere florecer más porque luego se pudrirá.
Le he prometido, como se prom(i)e(n)te a los niños para tranquilizarlos, que todo irá bien.

Y por un momento me lo he creído.