porque el invierno termina mientras imagino cuantos lunares hay en tu espalda.

Y de repente, la primavera está aquí, otra vez.
Mis ganas de acabar con todo. De salir del capullo, que ya he finalizado la metamorfosis joder. De dejarlo atrás y empezar de nuevo.
Pagaría porque alguien me aniquilara, ya que supongo que soy demasiado cobarde para suicidarme y tengo esta necesidad masoca de escribir finales (que los veo hasta donde ni siquiera hay principios) y otras formas de dolerme.
Odio el vacío que hay en mí. Odio la soledad hueca de mis días. Odio la primavera.
O no, quizás solo te odie a ti.
¿Cómo no iba a acordarme de ti justo ahora? Si siempre apareces cuando todo está perdido. Si nada es lo único que has podido ofrecerme siempre.
Si alguien todavía me pregunta por ti, solo digo que eres un cúmulo de finales sin fin.

El mundo se tambalea bajo mis pies, la vida frena.
Justo el momento en que el mismo alguien que te arregla los engranajes, te desajusta las entrañas.
Justo el momento en que empiezas a llamar desamor al amor.
Que tú ni siquiera te hayas dado cuenta y yo haya retrocedido trescientos cincuenta días.
Que me haya perdido en ese pasado que se empeña en recordar y que empaña los cristales del coche. Que me remonte a ese inesperado encuentro. En unas cañas de bambú a las que nadie hace caso ya. A la goma negra que sigue en mi muñeca por suerte y su promesa de no volver a irse nunca de mi vida. Y que sí, tengo miedo a ese uno de Abril.
Que me aferro a cualquier cosa por seguir aquí, a tu lado, y obviar todo lo anterior.
Y ya lo habrás notado, que me esfuerzo en hacerlo menos difícil. Pero mis ganas de escapar -no sé si contigo o de ti- son cada vez más inaguantables.
Cógeme de la mano y no me dejes huir o solo dame un abrazo y deséame lo mejor.

he esquivado un tiro, me han rozado dos.

Él no lo sabía, pero llevaba tatuado en la frente eso de yo mataré monstruos por ti, solo tienes que avisar.
Y eso dejó de ser verdad, aunque él tampoco lo sabía, el verano que doblando la esquina le partió en dos.

Él pensaba que los días sin ella serían precipicios. Y lo eran.
Pero le faltó el valor para enamorarse.

Quebrado me encontró en esa esquina, rota también, y durante los meses de Otoño y mariposas y de incendios de nieve y calor nos cosimos el corazón. Le hice prometer que no me dejaría sola en el deshielo primaveral. Que no dejaría que me ahogara. Que fuese mi salvavidas.
Y prometió quedarse indefinidamente.

Pero, a estas alturas, todos sabemos que las promesas nunca se cumplen.

Me preparo para el tercer naufragio porque si una gota colma el vaso, otras veces ya es el mar. Y es el mar esta vez ¿lo entiendes?
Y ahora me pregunto quién me va a decir eso de: Cuéntame, dime ¿quién te ha colgado el mar de las pestañas?

Ya he pasado por esto antes. Debería ser una experta. Debería saber que no puedo volver a enamorarme en Marzo. Que Marzo me aniquila.

Y Eme se rompe. Otra vez.
Eva me mira con tristeza, dándome la razón.
Y yo, que lo supe desde un principio, me quedo aquí con las axilas rotas.

¿subo al tejado?
(el sol salió ayer por la noche)

aunque no lo puedas decir, me quieres... a veces.

Cuando os expliqué la teoría de la bisagra, omití la segunda parte -por eso de que las segundas partes nunca fueron buenas-.
La elipsis me libró de tener que contar la partida. Pero la cuento ahora, que la verdadera teoría no puede estar oculta por mucho tiempo. Porque sí, hay hombres y mujeres bisagra que aparecen en tu vida para ayudarte a cerrar una puerta y abrir otro camino antes de irse.
Porque irse, se van.
- No quiero ser bisagra -suplicaba su silencio. Pero no lo entendía, era su naturaleza irse. Tenía que hacerlo.
Y me fui.

Siempre me había mostrado reticente a quedar un domingo -por eso de que quien se quiere los domingos es para siempre; y yo ya tenía suficiente con un para siempre-. Pero Febrero y su Felicidad se habían ido y en su lugar un gélido Marzo acumulaba hielo en cada centímetro que nos separaba.
Se acercaron las distancias y dejamos clara la intención. Tres. Y tres deseos como un genio mágico.
Me gusta tanto ser secreto que se me nubla la vista y pierdo los sentidos. Casi igual que si me rozas.
¿Qué? No debería haber dicho eso.
Que me estaba acostumbrando al azul y a quitarme la ropa en el asiento de atrás. A tu boca y a tus manos en mi piel. A buscarte y a dejarme encontrar. A quererte sin querer. A pensarte sin pensar.
Pero todo se tuerce.
Como siempre, como nunca.
Standby porque sigues acordándote de ella.
Y yo, mientras, encuentro refugio en unas palabras: todo irá bien mientras nada te importe de verdad.
Y eso es lo que intento; entonces te resto importancia.
Porque tú solo quieres ser feliz, no perfecto. Y, al fin y al cabo, yo también.