tenía los labios rotos, igual que sus medias.

A veces huiría
aunque todavía no sé de qué, ni de quién, ni de dónde.

Pero soy tan cobarde
que todavía el cuchillo, conmigo, aquí.

Estoy tendida en el suelo
he caído del piso veintitrés.
Que alguien le diga a Santi que no es buena idea andar por los cables.

Ni saltar desde ahí para volar.

Que no soy una de las golondrinas de Bécquer, joder.
Yo no tengo alas por mucho que me acaricies la espalda con manos de invierno.

A ver ahora quién limpia este desastre
y este ruido de pasos que llegan a ninguna parte.

Y este hueles a verano
y estas ganas de no querer llover.

Ir a destiempo es lo que tiene
y eso que siempre fuimos atemporales.

Lo peor no es que me robaras un beso, es que me rasgaras la sonrisa con mi cuchillo
y pretendieras quedarte conmigo
aquí.

Con suerte el hielo empezará a cubrirme y el proceso de putrefacción se ralentizará,
quizás esté más guapa rodeada del rojo que sale de mi cabeza y tiñe el asfalto.
No vengas a lamentarte por las cosas que no pudiste hacer cuando todavía tenía el corazón frágil pero quería fuerte.
Si el destino lo desea, nos volverá a juntar algún veinticuatro inesperado. Ojalá una mañana sin sol y una noche sin luna.

Y ahora

vete tú, 
que yo no puedo.

que lo único que vea al despertar sea su sonrisa.

Estoy harta de la gente que se compadece diciendo que tiene una vida de mierda.
Callaos. 

Yo os diré qué es una vida de mierda.
Siempre pienso que hay muchas vidas tristes para tan poca mierda.
A ver si me explico, que yo, si tuviera una vida de mierda sería la mejor triste.

Yo llegaría a casa después de haber vendido mi cuerpo por unos míseros euros, con una barra de pan bajo el brazo y nada bajo el vestido.
Abriría la puerta que nunca cierra del todo e intentaría cerrar las ventanas que siempre están abiertas y por las cuales ya no entran las moscas porque ni siquiera tengo sobras.
Me sentaría en el mármol roto de la cocina y observaría los fogones llenos de telarañas,
porque hace meses que no tengo gas, 
y vertiría mis lágrimas en un cazo para intentar tener un poco de lo que beber.
Después vería cómo la oscuridad que se había adueñado de mi alrededor, dejándome en total penumbra, me volvía ojos de gata. Y es entonces cuando las diminutas asquerosidades con las que me habría visto obligada a convivir, empezarían a salir de sus escondites y a hacerse visibles ante mis ojos.
Aunque yo sepa que el nido de las cucarachas está en la nevera vacía, nunca la quitaría por miedo a quedarme sola de verdad.
En las horas altas de la noche, cuando el frío aprieta, las farolas titilan por penúltima vez y el sol casi sale, me acurrucaría en el rincón de la pared donde antes estaba la televisión, porque es la única que no da a la calle.
Me escondería en el jersey de lana que me regaló mi abuela hace tantos años, me abrazaría las piernas y cerraría los ojos.
Y esperaría impaciente a mi querido escritor, que viniera a darme los buenos días. A salvarme la vidaAl menos en sus novelas. 
Me regalaría un par de amapolas que habría arrancado del campo que hay de camino a mi casa.
Le dejaría que me cogiera de la cintura, para medir los centímetros que deben hacer los brazos del héroe que estaría creando para mí.
Le contaría mi último encontronazo con los polis y lo fácil que había sido librarme de ellos con un par de mamadas.
Le daría las gracias por traerme galletas y le invitaría a tumbarse a mi lado para juntar los pies y calentarlos.
No sería una relación de amistad, ni de amor, ni siquiera de sexo. Solo seríamos dos locos intentando sobrevivir. Dos solos multiplicando soledades y dividiendo ausencias.
Él también estaría roto, por supuesto. Para escribir hay que estarlo.
Luego me recitaría un par de versos malos al oído
de esos que escribe mientras yo duermo
y me besaría la frente
para que luego digan que los seres humanos no necesitamos la compañía y el cariño de otros.

Y al caer la noche, otra vez me acompañaría a la esquina de siempre mientras yo guiño el ojo a cualquier tío que se atreva a mirarme el culo sin disimular.
Me despediría diciéndole que Noviembre huele a amapolas rojas y callándome que ojalá volviera mañana.

Y él me sonreiría como quien sabe que acabo veinte otoños en cuatro días
y no quiero.

me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace.

Era un ángel vestida de blanco y tenía pendientes en este mundo todavía.
Ya hacía catorce siglos de la primera vez que metiste las orejas en el centro de su andar y seguía sin controlar el tembleque en las piernas cuando veía aparecer esa sonrisa tan tuya.
Por no hablar de todas esas veces que salía a salvar el mundo solo para conseguir sacar las telarañas de tu corazón.

No sabría cómo explicaros que los amores de verano son eso,
de verano.
Que luego llega el otoño y joder,
qué guarrada sin ti.

Después decidió quedarse a vivir en el verano eterno de otro sol porque era la única estación en la que no estabas.

Pero entonces, en medio de ese verano,
nevó; 

Se hizo la cobarde como solo pueden hacerse los valientes,
y en lugar de escapar, se sentó a esperar.

Nunca un frío había azotado tan fuerte en la nuca de Agosto. Y ella lo sabía porque era Noviembre.

Siempre fuiste la causa, la explicación y la resolución del problema.

Eras todo
y más.

Noviembre había vuelto con su nostalgia pero esta vez era el mes del amor.

El otoño desprende magia y podría explicaros cómo un mes tan triste puede ser el favorito de alguien, pero no lo entenderíais si no sois capaces de ver el desencanto encantador de las hojas muertas que decoran las calles de la ciudad olímpica.

y ella dejó de hablar en tercera persona.

He recuperado mi corazón
-y suerte, que se me habían acabado los de repuesto-

Ya sé que duele volver y encontrarte con nada
pero imagínate lo que es no volver nunca,
¿peor, no?
Mejor para el dolor será 
no buscar para no encontrar
y no imaginar para no ir sin volver.

Ahora se escapa otra vez el verano.
Y he perdido la cuenta de cuántos cuentos cuento
de cuántas historias finales hemos tenido
y con cuál prefiero quedarme.

Lo único que tengo claro es que
el reencuentro fue en una noche azul.
Y aunque Santi no se equivocó, lo que no sabía
es que tus mareas siempre volverían a mi luna histérica
y que las lo-curas siempre acabarían colgando de nuestras manos.

Ahora, si soy más cuerda que agua, si las manos ya no son nuestras,

¿cómo curarnos?