que lo único que vea al despertar sea su sonrisa.

Estoy harta de la gente que se compadece diciendo que tiene una vida de mierda.
Callaos. 

Yo os diré qué es una vida de mierda.
Siempre pienso que hay muchas vidas tristes para tan poca mierda.
A ver si me explico, que yo, si tuviera una vida de mierda sería la mejor triste.

Yo llegaría a casa después de haber vendido mi cuerpo por unos míseros euros, con una barra de pan bajo el brazo y nada bajo el vestido.
Abriría la puerta que nunca cierra del todo e intentaría cerrar las ventanas que siempre están abiertas y por las cuales ya no entran las moscas porque ni siquiera tengo sobras.
Me sentaría en el mármol roto de la cocina y observaría los fogones llenos de telarañas,
porque hace meses que no tengo gas, 
y vertiría mis lágrimas en un cazo para intentar tener un poco de lo que beber.
Después vería cómo la oscuridad que se había adueñado de mi alrededor, dejándome en total penumbra, me volvía ojos de gata. Y es entonces cuando las diminutas asquerosidades con las que me habría visto obligada a convivir, empezarían a salir de sus escondites y a hacerse visibles ante mis ojos.
Aunque yo sepa que el nido de las cucarachas está en la nevera vacía, nunca la quitaría por miedo a quedarme sola de verdad.
En las horas altas de la noche, cuando el frío aprieta, las farolas titilan por penúltima vez y el sol casi sale, me acurrucaría en el rincón de la pared donde antes estaba la televisión, porque es la única que no da a la calle.
Me escondería en el jersey de lana que me regaló mi abuela hace tantos años, me abrazaría las piernas y cerraría los ojos.
Y esperaría impaciente a mi querido escritor, que viniera a darme los buenos días. A salvarme la vidaAl menos en sus novelas. 
Me regalaría un par de amapolas que habría arrancado del campo que hay de camino a mi casa.
Le dejaría que me cogiera de la cintura, para medir los centímetros que deben hacer los brazos del héroe que estaría creando para mí.
Le contaría mi último encontronazo con los polis y lo fácil que había sido librarme de ellos con un par de mamadas.
Le daría las gracias por traerme galletas y le invitaría a tumbarse a mi lado para juntar los pies y calentarlos.
No sería una relación de amistad, ni de amor, ni siquiera de sexo. Solo seríamos dos locos intentando sobrevivir. Dos solos multiplicando soledades y dividiendo ausencias.
Él también estaría roto, por supuesto. Para escribir hay que estarlo.
Luego me recitaría un par de versos malos al oído
de esos que escribe mientras yo duermo
y me besaría la frente
para que luego digan que los seres humanos no necesitamos la compañía y el cariño de otros.

Y al caer la noche, otra vez me acompañaría a la esquina de siempre mientras yo guiño el ojo a cualquier tío que se atreva a mirarme el culo sin disimular.
Me despediría diciéndole que Noviembre huele a amapolas rojas y callándome que ojalá volviera mañana.

Y él me sonreiría como quien sabe que acabo veinte otoños en cuatro días
y no quiero.

Comentarios

  1. Muchas veces la miseria no es tal como tendemos a verla. Se ahoga más gente en los vasos que en los ríos y muchos de una solución, hacen el problema, contra toda lógica.

    Es imposible no quedarse con algo roto por dentro después de leerte. Aunque a veces que se te rompa algo no es malo. Para escribir hay que estar roto...joder si hay que estarlo.

    Yo no sé ni para qué intento hacer poemas visto lo visto, madre mía.

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  2. "Para escribir hay que estar roto" o tener algo que contar, algo que necesitas contarle al mundo y que te es imposible no poder contar, porque forma parte de tu vida.
    Me ha gustado el texto, el tono y el ritmo.

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