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Por si no vuelvo,
por si tus veintitrés nunca me alcanzan, hago eco de las últimas palabras de Pavese:
A todos perdono y a todos pido perdón,  no hablen mucho.

Pájaros locos

Me tiemblan las manos y siento un agujero negro en el estómago. No estoy nervioso, no, o sí, sí, quizás sí. La puerta… pero debo hacerlo, me está esperando. No, no quiero. Va, hazlo. ¡Qué frío está el pomo joder!
Hace ya un rato de los disparos en la calle, pero tengo miedo, yo siempre he tenido un sexto sentido para estas cosas y… Pobrecita esa niña, está aterrorizada. Voy a darle la mano a ver si consigo tranquilizarla.
Todos me miran fijamente, no me extraña, con el crujir de ésta puta puerta. Están asustados. Qué graciosa la niña con ese abrigo rosa. Creo que mamá le compró uno así a mi hermana después de la muerte de papá. Mamá siempre decía que la inteligencia, sin ambición, es como un pájaro sin alas.
La niña me aprieta fuerte de la mano. Me habría gustado tanto ser madre y tener mi propia familia… Qué inoportuna soy, ¿qué importancia tiene esto ahora? Supongo que, simplemente, no quiero morir. No. Lo que no quiero es que ella muera. La voy a proteger… yo, al fin y al cabo, ya soy…

cerco.

Ahora sí, todas las piezas encajan.
Se ha cerrado el círculo.
Por fin estoy fuera
aunque tú sigas dentro
roda
       ndo.