pero no me rompas los esquemas si no me vas a romper las medias.

El dolor se clavó en medio del esternón. Las lágrimas del jueves por la noche se condensaron y se disiparon cubriendo las calles. El frío las inmortalizó y el viernes amaneció helado.
Inventé eso de que el hielo era un buen augurio solo para crear una falsa sensación de seguridad. A estas alturas, todos sabéis que el único buen augurio es la nieve. Y el hielo es lo más parecido a la nieve, así que me aferré a esa idea con todas mis fuerzas. En mi cabeza bailaba la canción de antaño, la del segundo asalto. Y es que Febrero ya estaba asomando la cabeza...
Y volví a hacerlo, volví como el que se va sin irse, eso de nos cubre el hielo de un silencio aterrador, mejor lo rompo yo.
Hablo de cómo esa noche había mandado a la mierda al (des)amor de mi vida por alguien que me alegra la vida. Que me alegra la vida pero paradójicamente esa noche la entristece como nunca.
A veces hablábamos de nuestra perpendicularidad aunque siempre fuéramos paralelos. Por eso de que no sé articular palabra en los momentos clave y lo echo todo a perder en cuestión de impulsos. Que si por un lado el silencio grita en todas partes, por el otro la garganta no deja de anudar los hilos de las cuerdas vocales. Y no lo deshagas, que desgarra.
Principios convertidos en final y otra vez la misma historia con distinto personaje. Que no, que no quiero, que ya he tenido suficiente.
Que estoy cansada de intentos que no salen bien y cierran de un portazo la puerta del coche.

no te tenía a ti, pero esa noche estabas a dos pasos.

Cuando el silencio se rompe porque no tiene valor, porque las palabras ya no son importantes. Cuando el hecho de hablar sin decir no trasciende y ni siquiera se intenta.
Cuando el deseo cambia. Cuando no hay nada y puedes tenerlo todo.
Hace bastantes días que tu nombre no se cuela en mis escritos, aunque en realidad nunca hayas dejado de estar entre mis letras. A veces el pasado me asalta una tarde de martes imposible sin tu voz.
A veces, me asaltas  y no eres pasado ni es martes, ni siquiera es imposible sin su voz. Podría decir que ser feliz nunca había resultado tan fácil. Como querer no enamorarse y hacer el amor en cada roce. Como volverse imprescindible sin llegar a enredarse con los hilos de otra vida. Como un corazón hundido salvado por los ecos de otro náufrago. Como no pedir que te quedes y prometas que no te irás. Y es que tal vez... tal vez necesite tu amor.
Lo siento, a ti no he encontrado otra manera de decírtelo. Que el miedo empieza a empaquetar sus cosas y todo lo que pudo ser y no fue. Se está llevando el olor a salitre de la casa cerca del mar, el precipicio de mis días sin ti, las caracolas, incluso los restos de amarillos. Que peor que el olvido fue frenar las ganas de volverte a ver. Y ahora que no las tengo... En el tejado no queda nadie, ni siquiera tu ausencia. De haberlo sabido seguramente me habrías dicho ven para que lo dejara todo cuando todavía me podía conformar con tu amor temporero, tu flujo de hiel y tus ganas de perder. Pero ya sabes, el que quiere que lo extrañen se arriesga a que le olviden. Y ahora no te necesito. Ya no.
Y es que a veces, es demasiado tarde para repetir
pero no para recordar. 
 
 

tú decides.

Acababa de cruzar el umbral de la puerta que separaba aquel oscuro bar del frío invernal que se colaba en los vaivenes; y las visagras chirriaron cuando se cerró la puerta detrás de sí por el aire.
El hombre sentado al fondo de la barra clavó sus ojos en ella. En ese mismo instante lo supo. Su mirada perdida, entre el hielo y el whisky del vaso, desapareció y unos ojos como platos se revelaron ante el descubrimiento de la aparición de esa figura casi angelical. Lo supo como cuando sabes de forma inconsciente que eso que buscabas sin saber, es lo que tienes delante de las narices. Y la encontró como si en ese momento le desvelaran el secreto de su existencia, como si aquello invisible se tornara ahora visible solo a sus ojos. Como cuando estás perdido y encuentras justo eso que buscabas. Nadie excepto aquel se había percatado de su presencia. Su forma de mirarla era molesta, hacía que se sintiera intimidada e incómoda. El camarero se le acercó y le preguntó qué querría tomar. Ella echando mano de su elegancia sin descuidar el tono desairado respondió que le sirviera un Gintonic. Entonces el hombre del fondo de la barra hizo una mueca que debería interpretarse como un intento de sonrisa y se acercó a ella. La chica apoyó su abrigo en el taburete dejándose ver con el vestido negro lleno de diminutos brillantes que relucían y un enorme escote en la espalda que llegaba hasta los riñones. El hombre se quedó de pie a su lado, deslumbrado, y justo cuando bebió el primer sorbo se atrevió a interpelarla:
- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
- Vaya, ¿no se te ocurre nada más original? -dijo ella con desdén y sin molestarse en mirarle.
- Bueno, en realidad venía a decirte que llevaba mucho tiempo esperándote y que ahora me acercaré al camarero y pagaré mi copa y la tuya, después iré al baño y en tres minutos estaré saliendo por esa puerta. -dijo señalando la puerta por la que ella acababa de entrar.
Ella levantó la mirada y por primera vez se fijó en él. El hombre, que debía estar tanteando los treinta, tenía una cicatriz en la mejilla derecha cerca del ojo, unos ojos muy oscuros y a pesar de que sus rasgos eran rudos, estaban en perfecta armonía y resultaba atractivo.
- Tienes tres minutos para escoger entre dos opciones -prosiguió de forma resolutiva el hombre- Una, haces como si esto no hubiera ocurrido nunca y dejas que me marche. Dos, te vuelves valiente y en cuanto salga por la puerta vienes detrás de mí. Tú decides.
Dicho esto se levantó y fue hacia el camarero. Ella todavía perpleja, intentaba asimilar lo ocurrido. Estaba claro que la había provocado y había desafiado su falta de valor. Iba a dejar que se fuera, pero tenía que admitir que estaba intrigada por ese hombre misterioso. Por el rabillo del ojo vio como entraba en el baño y sin pensarlo dos veces saltó del taburete y atravesó el antro hasta llegar al baño. Abrió la puerta y se lo encontró de cara, sonriendo como quien sabe que ha ganado la partida y se lleva el gran premio. La acorraló con sus brazos contra la puerta y sin escapatoria posible para ella, la besó. Entonces ella levantó la pierna y le dio una patada diciéndole:
- Aquí la cazadora soy yo, tú eres mi presa. Me sobra el valor que le falta a tus noches.
Y salió del baño, cogió su abrigo y sonrió al camarero diciéndole adiós. Fuera hacia frío y empezó a andar sin rumbo pero con la certeza de que en cuestión de segundos aparecería el hombre detrás suyo. Chispeaba y el viento alborotaba su pelo lacio. Dos minutos después alguien la asaltó por la espalda tapándole los ojos. Eran unas manos calidas, ya conocidas. Tocó su rostro y notó la cicatriz en la mejilla derecha al lado del ojo. Él le mordisqueó la oreja y ella no pudo evitar soltar un pequeño chillido. Entonces la cogió en brazos y se la colgó en la espalda mientras ella susurraba:
- Me encanta volver a conocerte cada noche. Siempre consigues sorprenderme.
- Me encanta seducirte, sobre todo cuando levantas la mirada y me miras escrutándome como si nunca antes me hubieras visto y sonríes de esa manera tan tuya. Y es que no hay nada más bonito que tu sonrisa feliz deslumbrando los ojos tristes del hombre borracho del fondo del bar.

Y de lejos, desde la ventana, el camarero cómplice del juego miraba la pareja alejarse. Les encantaba ser dos desconocidos que se conocían muy bien.

distraídos de las maravillas que tal vez podríamos haber creado.

Yo buscaba guerra. Tú buscabas huir.
Yo te atrapé. Tú me derrotaste.
Historias paralelas de amores diferidos.
Y ahora: reconstruir.
Sonrisas que decoran el ánimo y frases para quedar bien. Aquí viene uno más.
Feliz 2013.
No sé si quieres dormir conmigo, no sé si quieres que sea tu abrigo, no sé qué cojones hacer contigo. Porque Noviembre me mintió y aunque Diciembre tenía todas las letras, no te tenía a ti.
Descubrí que lo de cambiar tu negro por su azul no era una broma. Y el hecho de que me habías dejado de hacer falta era algo ineludible e irrefutable.
Siempre había creído, por alguna extraña razón que no llego a comprender, que Stand by te hacía pensar en ella. Esa que te trastocó la vida, como tú me la trastocaste a mí.
Suponía que bebías rubia la cerveza para acordarte de su pelo. Pero el cuarto movimiento con su realidad, me dijo que a la vida era lo único que le da sentido. Dejarse enloquecer, destruir y perder. Y de esa forma tú le diste sentido a mi vida igual que ella se lo había dado a la tuya.
Que hay marcas tan indelebles como cicatrices profundas. Que la noche es más oscura justo antes del amanecer y que dando patadas al reloj he vuelto cuando sale el sol.
Que justo ahí he recordado que no había visto amaneceres más bonitos que el de la luz filtrada por la persiana sobre tu espalda; y luego tus ojos, cuando se abrían los domingos por la mañana a mi lado pidiéndome una tregua, implorándome un poco más de sueño y yo me quejaba diciendo que la vida se escapaba entre bostezos y arrumacos, que mis oídos echaban de menos tu voz y mis orejas tus mordiscos. Pero salir de tu ombligo no merece la pena, susurraba debajo de las sábanas.
Vaya, que si me has dejado de hacer falta es porque había dejado de escuchar estas canciones que te llevaban escondido entre sus letras. Estos versos que me comen las entrañas. Este revertimiento del silencio. Y es que este corazón está cansado ya de despedidas y de las montañas que hubiésemos movido.

Parece que la felicidad este año lleva otro n(h)ombre.
La cabeza da martillazos y hasta nunca. Pero es superior a mí, la sonrisa siempre me delata.
Y lo único que les pido a los reyes es que se larguen mis penas por los callejones que dan al olvido y acuda desnuda a mis noches oscuras tu luna llena.

ni siquiera tú.

Llevo toda la tarde intentando escribir esto. La verdad es que me han ido sucediendo una serie de cosas que me hacían cambiar todo lo que había escrito. Así que esta es ya la cuarta que borro y la quinta entrada que redacto y no sé exactamente qué voy a decir.
Nunca tan cerca de un te quiero y nunca tan lejos de un yo no.
Este año habla de rendiciones, de arriesgar y perder. De las dudas en primavera, del frío en verano, de volverte a ver en otoño y fundirse en invierno. Que seguir en el tejado hablando con la luna nunca había sonado tan bien. Aunque ya no seas tú el que sube las escaleras. Aunque ya no las suba nadie.
Y la verdad es que me gustaría acabar esto con un mensaje alentador. Con una pizca de esperanza.
Pero la extraña soy yo... Y no sé.