no te tenía a ti, pero esa noche estabas a dos pasos.

Cuando el silencio se rompe porque no tiene valor, porque las palabras ya no son importantes. Cuando el hecho de hablar sin decir no trasciende y ni siquiera se intenta.
Cuando el deseo cambia. Cuando no hay nada y puedes tenerlo todo.
Hace bastantes días que tu nombre no se cuela en mis escritos, aunque en realidad nunca hayas dejado de estar entre mis letras. A veces el pasado me asalta una tarde de martes imposible sin tu voz.
A veces, me asaltas  y no eres pasado ni es martes, ni siquiera es imposible sin su voz. Podría decir que ser feliz nunca había resultado tan fácil. Como querer no enamorarse y hacer el amor en cada roce. Como volverse imprescindible sin llegar a enredarse con los hilos de otra vida. Como un corazón hundido salvado por los ecos de otro náufrago. Como no pedir que te quedes y prometas que no te irás. Y es que tal vez... tal vez necesite tu amor.
Lo siento, a ti no he encontrado otra manera de decírtelo. Que el miedo empieza a empaquetar sus cosas y todo lo que pudo ser y no fue. Se está llevando el olor a salitre de la casa cerca del mar, el precipicio de mis días sin ti, las caracolas, incluso los restos de amarillos. Que peor que el olvido fue frenar las ganas de volverte a ver. Y ahora que no las tengo... En el tejado no queda nadie, ni siquiera tu ausencia. De haberlo sabido seguramente me habrías dicho ven para que lo dejara todo cuando todavía me podía conformar con tu amor temporero, tu flujo de hiel y tus ganas de perder. Pero ya sabes, el que quiere que lo extrañen se arriesga a que le olviden. Y ahora no te necesito. Ya no.
Y es que a veces, es demasiado tarde para repetir
pero no para recordar. 
 
 

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