tú decides.

Acababa de cruzar el umbral de la puerta que separaba aquel oscuro bar del frío invernal que se colaba en los vaivenes; y las visagras chirriaron cuando se cerró la puerta detrás de sí por el aire.
El hombre sentado al fondo de la barra clavó sus ojos en ella. En ese mismo instante lo supo. Su mirada perdida, entre el hielo y el whisky del vaso, desapareció y unos ojos como platos se revelaron ante el descubrimiento de la aparición de esa figura casi angelical. Lo supo como cuando sabes de forma inconsciente que eso que buscabas sin saber, es lo que tienes delante de las narices. Y la encontró como si en ese momento le desvelaran el secreto de su existencia, como si aquello invisible se tornara ahora visible solo a sus ojos. Como cuando estás perdido y encuentras justo eso que buscabas. Nadie excepto aquel se había percatado de su presencia. Su forma de mirarla era molesta, hacía que se sintiera intimidada e incómoda. El camarero se le acercó y le preguntó qué querría tomar. Ella echando mano de su elegancia sin descuidar el tono desairado respondió que le sirviera un Gintonic. Entonces el hombre del fondo de la barra hizo una mueca que debería interpretarse como un intento de sonrisa y se acercó a ella. La chica apoyó su abrigo en el taburete dejándose ver con el vestido negro lleno de diminutos brillantes que relucían y un enorme escote en la espalda que llegaba hasta los riñones. El hombre se quedó de pie a su lado, deslumbrado, y justo cuando bebió el primer sorbo se atrevió a interpelarla:
- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
- Vaya, ¿no se te ocurre nada más original? -dijo ella con desdén y sin molestarse en mirarle.
- Bueno, en realidad venía a decirte que llevaba mucho tiempo esperándote y que ahora me acercaré al camarero y pagaré mi copa y la tuya, después iré al baño y en tres minutos estaré saliendo por esa puerta. -dijo señalando la puerta por la que ella acababa de entrar.
Ella levantó la mirada y por primera vez se fijó en él. El hombre, que debía estar tanteando los treinta, tenía una cicatriz en la mejilla derecha cerca del ojo, unos ojos muy oscuros y a pesar de que sus rasgos eran rudos, estaban en perfecta armonía y resultaba atractivo.
- Tienes tres minutos para escoger entre dos opciones -prosiguió de forma resolutiva el hombre- Una, haces como si esto no hubiera ocurrido nunca y dejas que me marche. Dos, te vuelves valiente y en cuanto salga por la puerta vienes detrás de mí. Tú decides.
Dicho esto se levantó y fue hacia el camarero. Ella todavía perpleja, intentaba asimilar lo ocurrido. Estaba claro que la había provocado y había desafiado su falta de valor. Iba a dejar que se fuera, pero tenía que admitir que estaba intrigada por ese hombre misterioso. Por el rabillo del ojo vio como entraba en el baño y sin pensarlo dos veces saltó del taburete y atravesó el antro hasta llegar al baño. Abrió la puerta y se lo encontró de cara, sonriendo como quien sabe que ha ganado la partida y se lleva el gran premio. La acorraló con sus brazos contra la puerta y sin escapatoria posible para ella, la besó. Entonces ella levantó la pierna y le dio una patada diciéndole:
- Aquí la cazadora soy yo, tú eres mi presa. Me sobra el valor que le falta a tus noches.
Y salió del baño, cogió su abrigo y sonrió al camarero diciéndole adiós. Fuera hacia frío y empezó a andar sin rumbo pero con la certeza de que en cuestión de segundos aparecería el hombre detrás suyo. Chispeaba y el viento alborotaba su pelo lacio. Dos minutos después alguien la asaltó por la espalda tapándole los ojos. Eran unas manos calidas, ya conocidas. Tocó su rostro y notó la cicatriz en la mejilla derecha al lado del ojo. Él le mordisqueó la oreja y ella no pudo evitar soltar un pequeño chillido. Entonces la cogió en brazos y se la colgó en la espalda mientras ella susurraba:
- Me encanta volver a conocerte cada noche. Siempre consigues sorprenderme.
- Me encanta seducirte, sobre todo cuando levantas la mirada y me miras escrutándome como si nunca antes me hubieras visto y sonríes de esa manera tan tuya. Y es que no hay nada más bonito que tu sonrisa feliz deslumbrando los ojos tristes del hombre borracho del fondo del bar.

Y de lejos, desde la ventana, el camarero cómplice del juego miraba la pareja alejarse. Les encantaba ser dos desconocidos que se conocían muy bien.

Comentarios

  1. Leer cosas con tanta pasión entre líneas es algo que me fascina. Una historia sencilla pero intrigante.
    Un placer leerte.
    Beso.

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  2. Me gustó mucho. Sin lugar a dudas escribes muy bonito.
    ¡Tienes una nueva seguidora!
    ¡Muchos cariños!

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