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Mostrando entradas de agosto, 2013

son tus flores favoritas.

Eso de 'piérdete,
pero conmigo' sucede cuando después de contar setecientas veinte veces que se asoma la luna,
te asomas tú con un invierno inesperado que llega en pleno agosto.

¿Cómo no iba a mirarte? Si diciembre eres tú.

Apartas al verano -y a sus amores-;
traes de la mano al otoño y dices que tú y yo solo sabemos llovernos
así que pido perdón a todas las personas del planeta por haberos robado el sol
pero es que no sabéis lo necesarias que son las tormentas
por lo mucho que dolía esta sequía.

Ya sabéis que el mar ayuda a cerrar heridas, pues no os podéis ni imaginar cómo cura nuestra locura:
bañados en salitre aprendimos a romper las olas de la forma más bonita
-con nuestros cuerpos desnudos-
Y el balanceo de la luna, que estaba preñada, reflejada sobre agua salada, nos miraba como quien mira a sus retoños cuando consigue unirlos después de echar al sol setecientas veinte veces.

Nos encuentra de espaldas por haber cogido caminos opuestos que nos alejaran.
Pero la tierra es…

tiembla tu cuchara, eso nunca queda bien.

Imagen
La última vez que me suicidé me ahorqué con el nudo que había colgado de tus pestañas.

Brillaban más cerca que nunca tus pupilas,
y qué bonito ver el mundo en tus ojos,
que me invitaban a marcharme lejos,
pero como dos agujeros negros
me absorbieron.

Entonces cerraste los párpados tras de mí
y me quedé atrapada ahí,
en tu mirada vacía,
para siempre.

Ha amanecido otro veintiuno de agosto
y ya van cinco.

Ojalá nunca hubiese tenido que empezar a sumar tu ausencia.

Ojalá nunca hubiese tenido que restar una vida a la mía.

Es que ya sabes que vivir sin ganas solo es existir.
Y existir para morir...
No sé,
eso es que la muerte tiene que valer la pena.
O la alegría.

Que no me guste llevar flores
e ir a verte allí
no es que no te quiera,
y ya lo sabes,
es porque no necesito ir a ningún lado para tenerte.

Tú siempre estás aquí,
dentro del pecho.

Ahora que me levanto sola
desayuno tres cucharadas de azúcar
en dos gotas de café
de un vaso de leche.

Ahora que me acuesto sola
duermo con un…

la gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?

Amanecí afilando mi pulgar en tu garganta.
Los pelos de tu barba desafiaban mis uñas, como si pudieran ganar la batalla,
como si no supieran que tu vida dependía de mí en ese momento
y que cuando quisiera podía acabar contigo.
Porque un pulgar puede asfixiar.
Aunque a mí, lo que me asfixia, son los plurales
y tus brazos cuando me aprietan fuerte contra ti, como para asegurarse de que sigo ahí.
Pero luego me besayunas y se mueren mis ganas de matar(te)
y de soltar(nos), como si las pudiera cambiar por tus no-ganas de querer(me)
y de atar(nos).
No sé, quizás algún día entiendas que las personas se encuentran cuando tienen que encontrarse.
Que aunque el destino no exista, yo creo en él.
Cada uno es libre de creer en lo que quiera ¿no?
Cada ser humano tiene el derecho inalienable de autodestruirse.

Quizás la mejor forma de empezar esto habría sido diciendo que llevo todo el mes esperando que vuelvas, y eso que todavía no te has ido.
Dices que te asustas,
pobre,
¿y quién no? Yo tamb…

pero es el precio que estoy dispuesta a pagar por estar contigo.

Cada paso sigue costando dos millones de sonrisas rotas,
y ahora ya solo me quedan dos ojos alegres
que me incitan a seguir dando pasos.

Dicen que la tristeza se irá si consigo andar lo suficiente para llegar al punto de no retorno.

Cuentan que ese punto está lleno de besos
y de goteras.
Pero que el sol brilla aunque esté el cielo encapotado
y las mejillas amanecen coloradas de haber pasado toda la noche riendo.

La ciudad se bloquea ante el laberinto de mi cabeza
es él que sigue aullándome
pero yo no quiero volver.

La noche eterna ha llegado a su fin
o igual es que me he vuelto loca del todo,
que veo espejismos entre tanta opacidad acuática
y que oigo ruidos entre tanto silencio.

Pero ¿quién lo puede explicar sin romper espejos?
que no conseguirás desaparecer, solo es un reflejo y, bueno,
luego te quedas con la mala suerte durante siete años.

Nunca me haces caso, al menos escúchame:
sigo siendo una isla, pero no me muerdas,
tus ganas de nadar no son algo que pueda contagiarse.

Y a…