Dijo que hacía dos meses que la esperaba, pero no sabía que lo importante no es cuánto esperas, sino a quién.
Entonces ella apareció y le dijo esta noche tú no duermes solo. Como un hada le tocó con su magia y él pensó que le había obsequiado, que era un afortunado. Su reina había vuelto. Iba, venía y volvía a su antojo. Al fin y al cabo, por eso eran sus despojos.
Pero le derrota igual, por la mañana antes que despunte el alba, como un cuerpo etéreo algo diáfano, desaparecía. Era inalcanzable.
Se fue volando por el balcón una vez más, con el pelo al viento diciéndole adiós. Recordándole que ella no era su reina, era su ruina. Y experto en romper lo prohibido, arrancó las fotos pegadas al gotelé y empezó a derribar él mismo las paredes de su prisión, esclavo de unas redes inexistentes. La casa caía y él gritaba iracundo, pensando que si destruía todo aquello, ella no tendría adónde volver y eso hará que no te vuelva a ver. Lloraba porque sabía que al matarla, él moría con sus recuerdos. Estaba perdido, no podía volver atrás, los destrozos eran demasiado evidentes y ya la había perdido.
Pero entonces, ella volvió para salvarle del derribo. No le hizo falta casa, ni razones. Nunca las necesitó.
Ella era así, imprevisible.
No era su puta, era su putada.
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