a eso que llaman amor.

Mañana será 4 de septiembre. Estamos a un día de que se cumplan 365. Ya sé que tú omites esos datos, pero ya sabes que yo no. Que por recordar, recuerdo hasta que tu barba camufla las tres pecas que forman un pequeño triángulo equilátero debajo de tu oreja izquierda, y que bajando por tu cuello hacia la nuca, se encuentran otras dos, aunque solo se ve la última, como un punto final.
Que fui un centauro con complejo de cangrejo durante demasiado tiempo. Y después descubrí que el cangrejo en realidad era un león y no hubo vuelta atrás. El león no se dio cuenta que yo tenía un arco, y mi flecha le atravesó la cabeza. Le volé la sien. Le dejé muerto. La victoria era mía. La cabra seguía viva y comiendo de mi mano, no tenía intención de acabar con ella. Pero ella acabó conmigo. O no. Quizás, solo éramos distintos imposibles.
Cayendo en el olvido igual ahora debería hacer un balance de lo bueno y malo, pero no, ya sabemos que el equilibrio es imposible y preferimos pensar que lo bueno no nos compensa porque lo malo pesa mucho y la balanza siempre cae hacia ese lado. Que tú tienes un carácter inflamable y yo soy puro fuego. Pero como quien no quiere la cosa, nos disfrazamos de cordialidad. Incluso nos sonreimos. Aunque no nos atrevemos a asomarnos a los ojos del otro. Tú por miedo a descubrir dolor, yo por miedo a descubrir verdad. Tú por miedo a perderte, yo porque ya estoy perdida.
Y si alguien me pregunta ¿qué te pasa? nada, solo son recuerdos, que llegan de repente y te estrangulan el alma.
De fondo sonaba Déjame de Los Secretos. Y la canto, o mejor dicho, la grito a todo pulmón. Deseando que su letra llegue al otro lado de la plaza, que me oigas, que la oigas. Que tuviste una oportunidad y la dejaste escapar. Que no vuelvas a mi lado, que ya no tiene sentido, que sigas tu camino que yo el mío seguiré. Que no hay nada que ahora ya puedas hacer porque a tu lado yo no volveré. Pero a las pocas horas me arrepiento. Y entonces apareces solo. Quiero ir, pero mis patas no se mueven y cuando consigo reaccionar, ya no estás. Me acerco a la ventana. Ahora no soy un centauro, soy una mariposa. Y aunque hace unas semanas dije que era la última vez que la mariposa volaba a tu ventana, nunca fue tan literal como esa noche.
El mismo cristal que empañamos con nuestro sudor, y que guardó mis huellas dactilares como las de Rose en Titanic, ahora solo le queda entre restos de polvo un 'tengo ganas de ti'. La mariposa provocó un pequeño desajuste. Y alguna que otra frase que no leerás porque no escribiré.
Septiembre ha vuelto y tú no estás. Pero yo tampoco.

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