podremos dejar de vernos, podremos dejar de hablar... pero nunca podremos dejar de ser nosotros.

¿llegaremos a tiempo?

Con la cabeza fría mientras el corazón ardía, cerré la puerta a conciencia pero sin querer hacerlo. Y allí me quedé. Atrapada, quieta, inmóvil. La oscuridad inundaba mi alrededor mientras esperaba que llamaras a la puerta, que intentaras abrirla. Y no. El peor castigo es la indiferencia, te dije que me mataba y dejaste que me doliese. Hice varios intentos de abrir la ventana, pero en cuanto empezaban a entrar resquicios de luz por las rendijas de la persiana me asustaba y creía pensar que eso no era lo que quería así que siempre volvía agazapada a mirar por el agujero, por la cerradura de la puerta. Y te miraba y te miraba y te miraba y te miraba, y ya no te veía a ti, solo veía lo que recordaba de ti, y los días pasaban, el tiempo pasaba, la vida pasaba... Y yo no avanzaba, yo moría.
Dije que no volvería y... Y aquí estoy. Otra vez. Aún tengo algo que decirte, siempre es demasiado pronto para darse por vencido.
Se acabó el mirar por la mirilla. Con las dudas del presente y los errores del pasado, abro la puerta a ver si te encuentro detrás, ilusa y esperanzada de que hayas estado todo este tiempo ahí esperando por mí. Y si no estás, seré lo suficientemente valiente para llamar a tu puerta.
Otoño y mariposas te han venido a buscar.


Todo lo que hagas en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagas, porque nadie más lo hará.
 
Asumir que rendirse no es una opción.

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