querido tú.

El domingo convertido en martes amanecía congelado sobre las hojas muertas y secas de la calle. Demasiado pronto para que asomara la primavera con su deshielo y demasiado tarde para encontrarte en el otoño con mariposas.

Los huracanes -por eso de las mariposas cuando aletean- lo habían arrasado todo sin ningún tipo de distinción; ya se sabe, llegan y se llevan por delante las llaves, los cerrojos, las puertas y las bisagras. Destrozan cualquier cosa que se cruce por su camino.

Incluso a mí.

Hoy, un año después del naufragio, sigo perdida en el triángulo de las Bermudas que tenías debajo de la oreja izquierda antes de llegar a la nuca en forma de pecas. Y aunque nunca lo supiste, había una conexión imantada entre ése y el mío -situado en mi hombro-, por eso siempre apoyabas tu cabeza ahí, aunque tú, iluso, prefirieras llamarlo casualidad.

La última mañana de incendios de nieve y calor en Febrero olía a tostadas y a Origen. Mi cabeza solo quería alzar el vuelo colgada de tu cuello porque me encantaba la melodía que salía por tu boca cuando mis dedos tocaban el piano en tus costillas.

Pero una llamada.

Solo se necesita eso: unas cuantas palabras vacías de contenido ausente que aniquilan nuestro universo. Sale a la luz la realidad, las dobles caras y los trasfondos. Hablo de cómo se descubre que las medias verdades, son también medias mentiras. Y solo nos quedaba un ‘te quiero’ disfrazado de ‘adiós’.

Y adiós.

Una vez alguien me dijo que daba igual a quién le regalara besos y las sábanas que descolocara, que el único que de verdad importaba era a quién le escribía cartas.

Pero con las cinco letras de la palabra ‘tarde’ no se puede escribir ‘ahora’. Y es que, a veces, es demasiado tarde para repetir, pero no para recordar.

Un año después, hoy, aquí, me inundan los recuerdos y los cinco océanos que desbordaron en forma de lágrimas las dos esmeraldas que sujetan mi cabeza. Pero los que nos ahogamos, volamos alto. Y ahora, lejos de allí y de todo eso, vuelven a chispear esperanza porque han conocido un hombre bisagra -de esos que ayudan a cerrar puertas- que ha prometido quedarse.

Conmigo.

3 comentarios:

  1. Supongo que escribir cartas es un síntoma importante de que alguien te importa. Nunca me había fijado en ese detalle pero creo que hay muchas razones para creer que así es.

    Al final todo son experiencias y las experiencias que no nos matan, nos fortalecen.

    El sol brillará de nuevo. O eso me gustaría pensar.

    Abrazos.

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  2. Hola, en respuesta a tu comentario en mi blog: Mil gracias por regalarnos una hora de tu tiempo para ver "Se llamaba Pandora", un placer y un orgullo que hayas disfrutado con el recital.

    Me gustaría enviarte un email para responder a todas las preguntas porque ponerlas aquí me resulta un poco "invasivo" pero no encuentro una dirección de correo. ¿Puedes enviarme tú uno y respondo?: utopiaendiasrojos@gmail.com

    Mil gracias por todo.

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