y... dime, ¿qué le voy a hacer si me gusta esa piedra? ¿si cada vez que la veo me tiro de cabeza?

Eme asoma la cabeza contrariada:
- ¿Se puede saber qué haces? Me reprende.
Y antes de que pueda decir nada más, le cierro la puerta en las narices. No quiero escucharla. No tengo ganas de que me llene la cabeza con sus estupideces.
No hay nada que la cabree más: que le dejen con la palabra en la boca. Y no lo hago para cabrearla, de verdad, eso es lo último que necesito ahora. Pero ya es demasiado tarde.
Empieza a patalear, a llorar y a chillar. Oh Dios, que se calle.
Por el pasillo aparece Eva y con toda la parsimonia de la que es capaz se acerca a mi oído:
- ¿Ya la has hecho llorar otra vez? -mira compasiva hacia la puerta- déjame verla.
Asiento con la cabeza a su petición mientras le respondo secamente:
Es como una niña pequeña, no la soporto cuando se pone así, ya lo sabes.
Eva se desliza hasta la puerta y la abre. Eme se abraza y se arrapa a su cuerpo como si le fuera la vida en ello. Eva, que siempre ha sentido debilidad por esta clase de muestras de afecto, la acuna y la consuela. Eme cae rendida en sus brazos y se duerme calmosa.
Las miro desde la butaca, qué bonitas son las dos. No entiendo por qué nunca ha salido bien.
Eva cierra la puerta con aparatoso silencio. La miro fijamente a los ojos mientras se sitúa en frente de mí:
- Quizás va siendo hora de que la dejes salir. No la puedes tener encerrada en la torre de marfil, ya ha pagado su castigo.
Medito sus palabras. Puede que tenga razón... Reniego rápidamente quitándome esa idea de la cabeza.
- Eva, sabes de sobra que es mejor así. Para ella, para ti y para mí.
Me mira exasperada.
- ¿Cómo puedes ser tan cínica Alexandra? Sabes de sobra que la necesitamos. Forma parte de nosotras y hasta que no la dejes salir de allí estaremos incompletas.
- Eva no podemos arriesgarnos a sus huracanes. Ni a sus destrozos. Ni a su caos.
- Claro que podemos. Es más, debemos hacerlo. Lo que pasa es que tienes miedo. -me mira con tristeza- Vamos, arriésgate. Nosotras ya estamos preparadas.
Refunfuñando me acerco a la puerta. Odio a Eva y su poder de convicción. Por el rabillo del ojo la veo sonreír mientras se desliza airosa bailando por el pasillo. Abro la puerta y subo las escaleras. Cada peldaño es un recuerdo que he intentado olvidar. Pobre Eme, se ha visto obligada a recordarlo todo siempre. Cuando llego arriba, el tejado es blanco y bajo la tenue luz de las estrellas distingo el pequeño bulto del cuerpo de Eme que está durmiendo encima de su cojín rojo. Eme abre un ojo al notar mi presencia y consciente de lo que eso significa corre hacia mí y se posa en mi nariz. Se queda quieta, inmóvil, esperando a que yo diga algo.
- ¿Por qué no te has ido nunca? No estás enjaulada. En lugar de subir y bajar las tortuosas escaleras siempre. Podrías haber volado a cualquier lado. Ir adónde quisieras.
Me mira recelosa.
- Yo solo quería ir contigo.
Oh Dios, es imposible estar enfadada con ella, es tan dulce e inocente. Y por un momento la entiendo. De haberse ido me hubiera muerto.
Eva tiene razón, forma parte de mí. Gracias a Dios está aquí, sigue conmigo. La miro agradecida y arrepentida de habérselo hecho pasar tan mal. No era su culpa. Ella solo quería, como quieren los niños, de forma intensa e irracional. Eme, es sin duda, lo mejor de mí.
- ¿Quieres que te lo presente?
- Lo estoy deseando. -sonríe bobalicona.
Bajamos las puñeteras escaleras y gruño que hay que destruirlas. Eme alarmada grita que no. La miro estupefacta. ¿En serio no quiere que elimine su fuente de dolor durante tantos meses?
- Si las derribas... ¿cómo voy a subir a hablar con la luna?
Es verdad, ella y la luna, ¿cómo podía haberme olvidado de eso? Cariñosa le acaricio la mejilla.
Suena el móvil.
Es él...
y Eme revolotea.

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