casi no recuerdo que te había olvidado.

Diciembre llama a la puerta y me trae una carta de Noviembre:

Mi querida Alexandra, no me he podido despedir de ti. Me he ido por la puerta de atrás porque no he sabido cumplir mis deberes. Sé que me llamas el mes del Amor y sé que te he decepcionado. La verdad es que Nostalgia se apoderó de mí durante más de la mitad y sé que no es excusa. Tú no te merecías eso. Tú merecías el mes del Amor. Y aunque empecé bien, aunque crucé un par de vidas con la tuya, no lo he conseguido. No supe ver que lo que en realidad querías era lo que tenías. Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas y volaste. Por eso te traigo a Diciembre, sabrá hacerte feliz. Al menos le he dejado instrucciones para que lo haga. No olvides todo lo que aprendiste conmigo sobre casas blancas, buganvilias y celos de hojalata, primeras discusiones y primeros despertares, principios de infinito y maneras que apuntan a final. Recuerda eso de compartir cama sin compartir corazón y doblarse antes que partirse.
Te dejo con veinte años y catorce vidas más. 
Adiós pequeña.
Volveré dentro de un año.
Tu Noviembre.
 
Mis ojos humedecidos conmueven a Diciembre que, alargando sus brazos, me estrecha. No te preocupes, me susurra al oído, a partir de ahora todo irá bien.
Y sé que es cierto porque, aunque no lo sabe, Diciembre es el único mes que tiene todas las letras.
Yo casi no recuerdo que te había olvidado y empiezo a ronronear. Acaríciame el costado. Muérdeme el cuello. Anúdame la garganta. Hazme mentira y créame un espejismo paradisíaco rodeado de niebla para que nadie nos vea. Imaginemos juntos el mejor anacronismo de la historia.

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