que muero porque enciendas el mar de mis labios o puede que toda mi escalera.

Tengo tantas cosas que decir y tan pocas maneras de hacerlo que me encuentro repetitiva.
Que empiezan a sonar los primeros acordes de I don't give up y todo lo malo parece desaparecer dejándome en una paz inhumana. Me teletransporta a principios de Abril, dejándome unos labios rojos con ganas de amor.
Podría contar la forma en la que me liberé del vacío, aunque no estoy muy segura de cómo lo hice y a veces todavía creo que no lo he acabado de lograr. Pero sí podría afirmar con absoluta certeza que dejar de esperar algo que daba por hecho que no iba a ocurrir hizo que ocurriera. Que si M no va al mar, el mar va a M. Aunque no quiero quitarle méritos al señor Olvido y por supuesto a las catorce vidas que me quedan por vivir.
 Y que ahora, me encuentro en un momento plácido aunque a veces la cosa va mal porque me da por esperar. Y ya se sabe, las cosas empiezan a ir mal cuando uno comienza a esperar algo de alguien y cuando el mar está aparentemente en calma, esconde muchas corrientes submarinas.
Así que llegados a este punto, es cuando lleno mi propio océano con lluvia que cae de mis pestañas que la sujetan cual toldo, y me repito eso que pasó.
Y en el momento exacto en el que dejé de negar lo que era, cuando dejé de negarme y lo asumí, y me asimilé. Cuando me liberé. Cuando decidí que podía ser sin ti. Cuando me reinventé y me encontré trenqueando entre recovecos de los portales anunciando un frío que cala hasta los huesos, como nuestro amor. Cuando las hojas que caían a su paso se ondularon con los rizos de su pelo y el viento huracanado de un sospechoso Otoño parecía volver sin mariposas. Cuando miré a esa chica en el espejo con un abrigo dos tallas más grande, con un café en la mano, echando vaho de su boca y jugando con la mente aposté su edad y me di cuenta de que esa era yo... Me di cuenta de lo mucho que había cambiado. Y crecido. De lo lejos que estaba de todo aquello y todos aquellos. De lo muy por encima que me sentía respecto a esas minucias que en realidad no importaban y nunca habían importado.
He roto con todas las cadenas. (O, al menos, unas cuantas).
Y ahora, Paradise, que me salvó de ese Marzo envenenado por Febrero, me devuelve a la realidad de un Diciembre que apunta maneras de Diciembre mágico.
Que los viajes solo están bien, pero que la respuesta no es la huida. Menos cuando volver es llegar.
Y eso implica dejar la búsqueda porque me he encontrado. En el lugar donde siempre estuve y del que nunca me fui.

 Que estoy en el tejado esperando a ver si llegas tú.

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