para mí, ser valiente es tener el valor de decir adiós a una persona porque te hace daño, a pesar de no poder vivir sin ella.

El viento traía restos del naufragio en esta primavera soleada y fría -por la ausencia de abrazos-.
Se asomó a la ventana con la vana esperanza, y una triste melancolía, de ver en la esquina verde aparecer ese azul eléctrico que la salvaba. Pero las palmeras se movían, se contoneaban como antaño y de repente, sin quererlo, bajó la vista y lo vio. El alerón negro.
No sintió nada. Solo una punzada en el esternón de ira incontenible.
Y entonces empezó a pitar y a gritar mi nombre.
Recuerdo que me volví loca. Recuerdo que el motivo de mi locura era el de las gafas de sol aparcado de culo delante de mi portal. Recuerdo que recordar lleva cuerdas que te atan al pasado y que nosotros duramos más locos que cuerdos -por eso de mi miedo al compromiso y el tuyo a decidir entre dos fuegos-.
Supongo que cuando me desperté eran las seis de la mañana y amanecía. Supongo que era Domingo y nadie me había bajado las bragas. Supongo que estaba sola y él con otra.
Él no lo sabía pero hay musas encerradas en cuerpos de mujer. Y ella tenía un botón al lado izquierdo del ombligo, en forma de lunar, que si lo tocabas la hacías brillar.
Él no era el primero -pero casi- y sabía mejor que ninguno cómo hacerlo. Sus manos tenían experiencia de más y mi sonrisa años de menos.
Se enamoró de mí -aunque nunca lo admitió- pero eso es algo que se sabe. Activó el botón y consiguió que se encendiera con el mínimo roce.
Por eso le estoy agradecida, porque de no ser por él quizás nunca hubiese llegado aquí. Mis letras siempre le agradecerán que fuera un capullo. Siempre le agradecerán que se marchara y me dejara colgada de un Abril. Que volviera un Junio y que no se despidiera nunca más.
Yo escribía, y escribía, y escribía. Y sigo escribiendo.
Porque es mi historia interminable y porque yo, ya nunca dejé de brillar.

Después apareciste tú con ese azul eléctrico. Nos acariciamos tanto que acabamos arrugados y las yemas de nuestros dedos se fundían en los surcos de la otra piel. Nos apretábamos los órganos con abrazos fuertes, tan fuertes que en lugar de rompernos los huesos nos arreglábamos el alma.
No sé. Supongo que un Febrero con falda verde te robó el corazón -o eso me dijiste-. Supongo que eran las seis de la mañana, que amanecía, que era Domingo y acababas de bajarme las bragas. Yo seguía sin querer cuerdas -para no recordar y para no quedarme sin alas- y a ti ya te iba bien así. Porque después de un polvo más guarro que largo, ya nadie habla de amor.
Supongo que cuando lo tuve claro te entró el miedo. Pero no te diste cuenta de que ya era demasiado tarde para separarnos y salir enteros.
Apretaste el botón tú también sin darte cuenta. Y aquí estoy, condenada a escribir siempre sobre los amaneceres de los domingos y los hombres que sin llegar a ser nunca cuerda te atan para siempre. (porque sacan el brillo de la musa que guardo dentro).

1 comentario:

  1. Me encantan tus tweets, pero esto ya es increiblemente increible. Sigue así :)

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