no se terminan las ganas de ti.

Lo que te golpea la garganta y te hace chirriar la herida es que pudo haber sido antes
pero no ahora.
 
Los ojos amarillos me miran desde su balcón, que está en el piso 20 ya.
Joder, a pesar de que han pasado diez siglos, sigue igual.

Qué lástima ¿no?
digo,
lo de no haber sido valientes antes.
Y que ahora la palabra querer vaya seguida de un pero.

Que yo cambiaría ese orden y sería capaz de poner al pero precediendo al querer y escribir:
pero (te) quiero.
 
Para convencerte. Pero esto de ir un paso por delante de ti, siempre fue un mal augurio. Y qué vas a saber tú de mala suerte si llevas el amarillo en el iris y ni siquiera te has dado cuenta.

Enredarse en el pelo de alguien no es nada comparado con la trampa mortal que esconden tus rastas. No me extraña que cualquiera se quede atrapado en esas marañas, si no se puede escapar.
De hecho, es posible que todavía tengas mis dedos y yo esté escribiendo con los vértices que han salido al retorcer el corazón por un lado que no estaba roto
-porque nunca me había tirado-.
 
Prometo no volver a hacer el Tarzán para cruzar tu cabeza de oído a oído. Pero devuélveme los dedos, que ya he tenido suficiente al saltar creyendo que no me ibas a dejar caer.
Qué error eso de creer sin pensar.
 
-y ahí va la hostia-. 

Comentarios

  1. Pero de las hostias también se aprende. Lo que no mata fortalece, que dijo Nietzsche. Aunque a veces sólo seamos dedos enredados en algún pelo.

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