sonriendo, mirando el techo con mi cabeza en tu pecho.

Y después de seis años, otra vez oyes su nombre. La mente viaja a la velocidad de la luz y miles de momentos se agolpan en tu cabeza. Oyes su voz. Piensas que todo es estúpidamente surrealista y tienes tanto miedo que no quieres ni girar la cabeza para verle... Pero por el rabillo del ojo le ves. Tu pasado se acerca, atenta. Sueños de los catorce que se cumplen a los diecinueve. Mi amor más amor. Mi amor más puro. Mi amor platónico. Mi obsesión. El primero por el que sentí que moría.
Luego apareció el de amarillo (que trae mala suerte ya lo sabéis). Se quedó en una anécdota, en tormenta de verano y miradas bajo las estrellas.
Fue después de ese verano cuando conocí al de la sonrisa más bonita del mundo. Un viaje al extranjero, lágrimas en mis ojos y su consolación. Fue cuando descubrí que ni los fuertes son tan fuertes ni los débiles tan débiles. Que detrás de su fachada de tipo duro y típico graciosillo, debajo de su caparazón de caracol, se escondía algo más, algo que me movía a quererle.
Después de eso volvió a aparecer el de amarillo. El primero de verdad. Le quise, pero dejé de hacerlo. Y se acabó.
Inmediatamente después entró en mi vida él. El de la barba de tres días. El que acabó con mis nuncas. El que me rompió los esquemas. El que consiguió que perdiera el culo por él. El que hizo que me tragara el orgullo e hiciese lo imposible. El más extremo, el más limítrofe, el más intenso. El que más daño y dolor me ha causado. El que más fuerte me ha hecho. Por el que he muerto un par de veces, y seguramente seguiré muriendo porque se niega a ser pasado y vuelve a mi presente después de haberse ido. El que me devuelve la vida con sus abrazos. Él, que después de todo, sigue siendo mi nada favorita. Yo, que después de todo, sigo siendo la misma idiota que le quería.

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