no sé si lo recuerdo o me lo contaron.

Los domingos por antonomasia son días tristes. Que si llueve, todavía más. Si estás a solas, la tristeza se multiplica por cincuenta y tres, que viene a ser lo mismo que infinito. Y que si llueve, estás a solas y es domingo, la combinación resulta fatídica.
Cuarenta y cuatro domingos. Lluviosos. Soleados. Tristes. Alegres. Nostálgicos. Memorables. Odiosos. Amorosos. Separados. Juntos.
Veintidós océanos. Veinticuatro tierras. Diecinueve incendios. Cuatro mundos. Ocho cielos. Nueve intentos.
A veces no tienes suficientes lágrimas para llorar todo lo que llevas dentro. A veces tienes tantas que desbordan incontroladas por los párpados como cascadas. Pero sht, calma. ¿No ves que se está encapotando el cielo? Así no llorarás tan sola. Y otra vez llega el puto invierno en pleno verano. La indulgencia se apodera de ti y alguien pide su redención.
Aunque los domingos me suelo jurar que cambiaré de vida, siempre pensé que quien se quiere los domingos es para siempre. Y tú seguías sudando la tristeza.

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