el dolor nunca miente.

Hace seis años y un día que duermo con la cabeza en los pies.
Es que el mundo se puso patas arriba,
y yo no iba a ser menos.

Así que sí, sigo teniendo pies de nube
y me sigue dando vértigo el vacío que ocupa el tiempo cuando ya no es vida.

En el momento álgido,
justo cuando te tambaleas con las luces de neón
porque llevas más alcohol en los tacones que en la copa medio vacía de la mano,
suena tu canción y algo baja
desde lo más hondo de las tripas doblando los ojos hacia arriba,
deja un desierto en el estómago y te empieza a ahogar.

Son los recuerdos.

Recuerdo el primer día sin ti,
el primer otoño sin ti,
el primer año sin ti,
las llamadas y los mensajes que mandaba cada 21 a un móvil sin línea.
Y aunque ya no lo hago, no sabes cómo deseo que ojalá estuvieras aquí,
cuánto echo de menos tus cosquillas,
tu barriga y tu bigote.

Justo después de tanto rasgar las uñas con la pared
aprendí que aunque ya no existías, podía verte.

Incluso una vez creí que esto serviría de lección para alguien,
alguien que sigue desentendiéndose de mí
como si eso solucionara sus problemas
porque hace dos años que me rompió los huesos
pensando que como no me veía, no existía.

Y ojalá doliera la mitad tu partida
porque a veces no puedo con tanto descosido.

A veces las paredes naranjas me retuercen los sesos
mientras me convenzo de que la mejor salida es quedarse.
Y deseo que me vuelen la cabeza.
Que vuelvan a volarme la cabeza.
Como cuando no me daba miedo estamparme contra la suerte porque te tenía de salvavidas.

Pero me quedo quieta, echando cabellos como raíces
y siendo feliz como quien se ha cansado de ser triste
aunque a menudo siga con los pies fríos y húmedos
de cara al cielo
acercándome a ti.

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